La locura del toreo
No recuerdo dónde fue. Era pequeña, tendría unos seis años y como muchos domingos, mis padres, mi hermana y yo nos fuimos de excursión… Seguramente era un pueblo del interior de la Comunidad Valencia. Serían fiestas porque la plaza de toros (desde mi perspectiva de seis años, era enoooorme) estaba llena hasta arriba. Recuerdo que entramos y en el centro de la plaza vi a un hombre (seguramente fuera un chaval) torear a un toro (muy probable que tan sólo fuera una vaquilla). Otros le ayudaban a marear al pobre animal. La gente de las gradas gritaba como loca… Yo sentí una pena enorme por ¿el toro/vaquilla?, que a saber que estaría pensando en ese momento. ¿Por qué aquellas bestias humanas le pinchaban con palos, le cogían de la cola, se reían de él…?
Sólo tenía unos seis años… Ahora tengo 20 más y sigo sin disfrutar de esa que dicen ser nuestra fiesta, nuestra tradición, nuestra cultura… Agradecería que no me incluyeran.
Hace dos fines de semana vi imágenes de la corrida de José Tomás en Las Ventas y más que nunca pensé que esto del toreo, más que una tradición, es una locura…
No me importaría absolutamente nada que desaparecieran. Que no me vengan con esas de que sin el toreo el toro de lidia se extinguiría… ¿Y qué? ¿A caso no lo ha creado el hombre?
Una flor literaria directa desde el desierto
Pocos libros me han impactado tanto como el de la modelo somalí Waris Dirie. No por la manera en la que está escrito sino por lo que transmiten sus palabras…
La historia la conocí hace tiempo. Había visto un trozo de la entrevista que le hizo Ana Rosa Quintana cuando aún estaba en Antena 3, no era madre y tenía arrugas, esas que luego el cirujano borró (cada día está más joven). Luego, esta historia volvió a mi de la mano de Olivia Waters… Ella me prestó el libro y yo lo devoré en los submundos de Madrid a ritmo del traqueteo del metro…
Waris (evitar pronunciar “guarris”, por favor), como la gran mayoría de los somalís, era nómada, es decir, que viajaba cada tres semanas con la “casa” a cuestas en busca de su propia supervivencia, es decir, agua y pasto para su ganado… Eso me impactó notablemente… Desde la comodidad de un techo donde dormir todos los días se me había olvidado lo privilegiada que soy…
Descalza hasta las trece años, a Waris se le practicó la ablación como a millones de niñas en 28 países del mundo. La crueldad que esconde esta palabra no pasa por sólo cortar el clítoris, impidiéndo a la mujer un placer único, sino que cosen los labios de las niñas dejando apenas unos agujeros pequeños por donde poder orinar (a cuenta gotas) y para que puedan tener la regla (multiplicando por dos su duración)… En la mayoría de los casos en pleno desierto y, por supuesto, sin anestesia… Toda una aberración de una mente masculina, avalada hoy en día por la ¿tradición? ¿religión? ¿los años? Pura ignorancia que me hierve la sangre…
Waris logró salir del desierto, comprarse zapatos (algo que se convirtió en su obsesión) y, lo impensable, ser una supermodelo…
Sin duda una historia digna de leer, tanto para hombre como mujeres… Una vida de película que te hace revolverte en el sofá… y eso está bien, que no hay peor cosa que dejar que los pensamientos se acomoden…
Yo le elijo a él
En Canarias hay cantautores “a patás”. Levantas una piedra y ¡mira! ahí tienes dos… Seguramente todos tengan su aquel pero qué se yo, si he de elegir a uno, yo le elijo a él, a Luis Quintana.
Ya os contaré otro día como le conocí. Por el momento hoy sólo os lo presento. Le elijo porque son de esos artistas dotados de un talento especial que le hace crecer en el escenario. Siempre he pensado que su música es para escucharla en directo, que el cd no hace justicia de su fuerza y carisma. Reside en las islas pero de vez en cuando se deja caer por aquí, lo cual se agradece. Normalmente el Libertad 8 es el lugar donde lo encontrarás. Para saber más sólo tienes que pinchar aquí…








